Voy revolcándome en tus ojos tan enfermos,
maquillados de fluorescentes;
estas empezando a consumirme
entre fragmentos densos y días grises.
Nidos de reencuentros velatorios
donde jugábamos a tener nuestra última despedida.
No existe tiempo que sostenga
nuestras vagas ganas de querernos;
Nadamos entre gestos y pretextos,
disfraces absurdos que ocultan tu odio y el mio;
Anestecias el dolor con un trozo de tu cuerpo
echado sobre el mio;
Tus huesos se balancean sutilmente en mi oído,
tus cadáveres se revuelcan en mis manos blancas,
muertas de tanto ardor y rencor;
almas repartidas, azarosamente,
en el cuarto oscuro del octavo insomnio,
las mañanas, con su olor fúnebre,
llegan abrazando mi espíritu vacío,
entre humos eternos.
Miras el reloj y corres hacia algún refugio,
en mi pecho deshauciado,
como un niño corrompido por una pesadilla,
en el medio de la noche.
No llorés mas -le digo-
vamos a acalambrarnos entre sonrisas
y movimientos débiles
pero prometeme que esta vez
no te vas a morir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario